Tú, Mi Esclavo
Cuando creí que mis alas se esfumaban en la ventisca, que todo se volvía oscuro y desolado, viniste a mí con tu rayo de esperanza. Hoy en medio de una tormenta huracanada dejaste que te envolviera con mis brazos y te anclara a mí. Tus labios se aferraron a los míos y mis dedos se enredaron a tu negra cabellera, sintiendo la humedad de la lluvia en ellos. Tu lengua se enfrentaba con la mía en una batalla imposible, cuerpo a cuerpo y sin más armas que el deseo. Tus ojos verdes eran los de una fiera por domar, los míos susurraban versos prohibidos mientras mis colmillos mordían tus labios. Mis manos comenzaron a acariciar tu espalda y vientre en aquellos asientos finales del autobús, mientras las tuyas se aferraban a mi rostro y luego a mi cuello. Todos nos miraban, parecíamos uno y no importaba. Los cuchicheos, el traqueteo, el ruido de los coches y la lluvia era una melodiosa canción para desatar la pasión. Bajé mi mano sutilmente hasta tu bragueta, mientras tú te aferrabas al abrigo que cubría tus piernas. Deslicé mi boca hasta tu garganta y noté que te excitaste de sobremanera, mordiste tus labios y dejaste escapar un leve gemido. Las paradas aparecían una tras otra y yo tomaba tu miembro entre los dedos de mi mano izquierda, rodeando tus nalgas con la sobrante. Te agarrabas a tus ropas tapando mi juego de manos e intentando aparentar tranquilidad; sin embargo mostrabas servicial, a este vampiro insatisfecho, tu cuello. Tu pequeño tamaño, comparado con el mío, te hacía ocultarte entre mis brazos sumergiéndote en el aroma de mi cuerpo.
-Ángel, es la próxima.- Dijiste en un susurro ahogado.
-Lo sé.-Respondí subiendo tu cremallera mientras devoraba tu boca, otra vez.
-Lo sé.-Respondí subiendo tu cremallera mientras devoraba tu boca, otra vez.
A duras penas podías andar con tal excitación, tu rostro pálido tenía un tímido rubor y mi sonrisa diabólica te prendía aún más. Eras una lata de gasolina y yo la llama que te haría explotar. Te agarré de las caderas al bajar y percibiste que serías domado, domado por el mismísimo Satanás. Intentaste nervioso dejar la maleta a un lado, ponerte el abrigo y huir a prisa de mí; pero sabe más el demonio por viejo que por diablo y acabé abrazándote por la espalda, rodeándote por completo. Caminamos bajo la lluvia varios minutos y mis besos te enloquecían. Cuando llegamos al bloque de apartamentos que tienes por Babilonia natal te aferraste a mí. No había sentido hasta entonces tal necesidad de sexo, esa lujuria incipiente y con el envoltorio de una piel suave. El sabor de la lluvia sabía distinto en ti.
-¿Vas a entrar cierto?-Susurraste envuelto por una nebulosa de necesidad prohibida.
-Sí, claro cher.-Murmuré con una sonrisa felina que percibes como encantadora.
-Sí, claro cher.-Murmuré con una sonrisa felina que percibes como encantadora.
Al entrar en tu habitación nuestras ropas volaron, tus botas cayeron pesadamente junto a la puerta y mis sudaderas sobre la silla de tu escritorio, tu chaquetón en un rincón mal colocado y tus pantalones quedaron en medio del pasillo junto a los míos. Verte en aquel estado era nuevo para mí, nuestra primera vez.
-Me siento como si fuera tu presa.-Dijiste acariciando mi rostro.
-¿No lo eres?-Pregunté burlonamente y me fundí en la cavidad de tu boca. Mi lengua acariciaba cada rincón, impactaba con la tuya y danzaba.
-¿No lo eres?-Pregunté burlonamente y me fundí en la cavidad de tu boca. Mi lengua acariciaba cada rincón, impactaba con la tuya y danzaba.
Noté que tu erección era total, que debía quitarte los calzoncillos y comenzar a ir un poco más allá. Tuviste un pequeño escalofrío cuando sentiste mis labios sobre tu miembro, mi saliva empapar aquella piel tan sensible y mis dedos acariciando tu cincelado torso. Eres delgado, sin embargo tienes una hermosa figura y me atraes con cada gesto. Tu melena empapada caía sobre la almohada, tu pecho y tu rostro, alborotada y húmeda. Te pedí que te dieras la vuelta, que me mostraras lo que sería mi pequeño refugio y al notar mis fauces allí gemiste. Un oscuro encanto, dulce y amargo a la vez para ti que pedías que dejara los trucos de mago barato y entrara en ti. Clavé mis garras en tu trasero, era como un ave de rapiña sobre un pequeño conejo, mientras temblabas torturado por mis delirios. Entonces cuando gritabas de placer entré ahogándote el gemido y convirtiéndolo en una tortura para tus cuerdas vocales. Con rudeza, con deseo, depravación y ritmo te comencé el acto. Te agarraste a las sábanas y luego a la almohada, jadeabas mientras anclaban mis manos a tu miembro. Masturbarte, penetrarte y hacerte enloquecer era mi trabajo.
-Ángel.-Murmuraste cuando salí de ti para cambiarte de posición, quería ver tu rostro mostrando la lascivia.
-Miguel, eres mío.-Dije al recostarte sobre el colchón, dejando caer tu espalda contra este y alzando tus piernas.-Quiero que te quede claro que posición ocupas.-Susurré entrando con energía.
-Miguel, eres mío.-Dije al recostarte sobre el colchón, dejando caer tu espalda contra este y alzando tus piernas.-Quiero que te quede claro que posición ocupas.-Susurré entrando con energía.
-Tu esclavo.-Respondiste.
-Eso es.-Jadeé aumentando el ritmo y agarrándote por los tobillos.
-Eso es.-Jadeé aumentando el ritmo y agarrándote por los tobillos.
Cuando tu esencia se escapó decidí liberarte de mi tortura, de mi entrepierna en tus nalgas, y te hice sumergirla en tu garganta. Tu cabeza subía y bajaba, una y otra vez, con deseo hasta que liberé mi simiente y buscaste el refugio de mis brazos.
-Te quiero.-Susurraste me recosté a tu lado acariciándote contemplando como dormías.
{Siempre es hermoso corromper a un ángel, siempre lo es. Es un acto enigmático que nos llena de lujuria y perversión, sobretodo si existe la palabra sodomía en su léxico}

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