viernes, 20 de julio de 2007

Diario


Cuenta la leyenda que un aguerrido muchacho logró emprender un viaje trascendental para él, y para todos los de su especie. Logró salir del hueco tétrico en el cual se escondía, hizo relucir en su pecho el estandarte de guerrero y mostró ante todos su obstinación. Un muchacho de no más de veinte años y de piel de claro de luna, débil corpóreamente aunque sin duda con un alma tan fuerte como la de un dragón. Solía recorrer la estepa sin compañía alguna, tan solo la de su fiel espada en la cual brillaba su nombre. Le conocían como el cazador de las tinieblas.

Como he dicho logró emprender un viaje hacia las montañas, las cimas más imposibles que se pueden imaginar, para reclamar algo que creía lógico y suyo. Este joven, en apariencia, era un humano más, aunque muchos textos datados en más de dos cientos y quinientos años hablan de un hombre de sus características. Sin duda alguna os cuento la leyenda de uno de los más temerarios Dumpier que jamás ha caminado sobre la faz de la tierra. Un monstruo para algunos, un mestizo sin duda alguna que podía soportar el sol cosa que su padre no. Era un retoño de las sombras y la luz, lo que generalmente se conoce como bastardo de los clanes más aristócratas de la noche, los vampiros. Era hijo del líder de un gran pueblo, de una colonia al este de Europa, de estos servidores de la sangre y de una muchacha humana de rasgos felinos también de las mismas tierras. Esa marca le hacía inmortal, joven y atractivo hasta que la tierra estallase por fin en el fin de los tiempos. Llegada la etapa juvenil se paraba en seco el crecimiento, el envejecimiento de las células, y su ferocidad aumentaba al igual que sus poderes sensitivos y de movimiento.

Había permanecido oculto en si mismo muchos años, tras una sanguinolenta guerra que devastó a ambas facciones, humanos y vampiros. Sus puntiagudas orejas, su piel clara, sus hermosos cabellos oscuros, sus ojos violáceos y su fuerte resistencia le delataban. Este largo recorrido lo comenzó a lomos de un caballo de origen árabe, los que más resistencia tienen en viajes extenuantes y batallas, que lo acompañó noche y día. Aguantaba los rallos solares, sin embargo podía tener debilidad a partir de ciertas horas de exposición. Los demonios internos le devoraban el alma, sentía como le destrozaban, pero él no menguaba en su ímpetu por ser quien era. Durante el viaje tuvo que matar para sobrevivir, cosa que odiaba, y normalmente vivía como un humano más. Odiaba a los de su especie, aunque no a todos pues siempre había excepciones, por su ruin vicio de destrozar las vidas por un día más sobre la tierra. Él veía bien la caza y captura de asesinos y gente de mal, pero esa no es la cuestión que tratamos.

Durante semanas no renunció a sus sueños, conseguir llegar a la cima donde se encontraba un ermitaño y que le concedería la humanidad absoluta. Él quería poder morir y envejecer, dejar a un lado sus poderes y la marca de sangre que le regaló Lord Damian, su padre, en su lazo con su madre, Lady Samanta. Odiaba que le relacionaran con criminales indiscriminados como eran parte de su linaje. Al llegar a la falda de la montaña avistó la pequeña choza en todo lo alto, ató el caballo en un árbol y trepó sin importarle el frío invernal que iba sintiendo a medida que subía. Cuando logró llegar a la puerta que le deparaba la total felicidad, una nueva vida junto con su amante humano y la oportunidad de ser aceptado sintió un leve cosquilleo. Estaba nervioso, sabía bien lo que quería y que daba igual la incomprensión de su padre. Tocó levemente la puerta que cedió por su propio peso, allí se hallaba un diminuto hombrecillo sonriendo en su mecedora. El hombre fumaba en pipa y sus ojos vivichuelos eran síntoma de una gran sabiduría.

-Bienvenido Leo.-Masculló levantándose de su asiento.

-¿Sabe mi nombre?-Susurró incrédulo.

-Soy el espíritu de la montaña, sé todo lo que susurra el viento en ellas.-Respondió.

-Sabes entonces a porqué he venido.-Comentó dando un paso al frente.

-Sí, pero sabes que si te la doy quizás caigas por el desfiladero y mueras.-Dio la espalda al joven mientras miraba entre sus pócimas la solución.

-Deseo ser libre, morir dignamente en mi cama y que mi pareja no tema el lado oscuro que ronda mis ojos.-Dijo mientras una lágrima de sangre bajó por su rostro.

-Eres bueno Leo, muy bueno y por ello te daré la pócima que tomarás cuando lo desees.-Extendió el brazo con pequeño frasco, donde se contenía un líquido rojo sangre que cambiaría su vida.

-Gracias.-Tomó el recipiente e hizo reverencia al noble anciano, que tan sólo era la apariencia del espíritu de la montaña.

-Gracias a ti, hace mucho que no me viene a visitar nadie.-Susurró esfumándose ante sus ojos.

Bajó apresurado hasta tierra firme y montó en su caballo, caminó tan rápido como el viento alborotaba su espesa melena y el sombrero descubrió su rostro. El desierto le pareció minúsculo, muy distinto a cuando lo cruzó de ida, y el mar un pequeño charco que mojaba la tierra, mientras la estepa llena de trigo le maravilló al ver su casa a lo lejos. En ese pequeño muro de piedras, ventanas de madera y tejado de pizarra se encontraba Arnau. Estaba indeciso, lleno de miedos y sabía que si no volvía significaba que había perdido a su aliado y amante.

-Saludos desde los confines más infinitos del mundo, viene de vuelta y me postré ante el ángel que dio sentido a mi vida.- Susurró Leo arrodillándose ante aquel joven de aspecto frágil. Los cabellos dorados de Arnau contrastaban con los de Leo, eran como el día y la noche.

-Bienvenido a casa.-Sonrió mientras apoyaba sus manos en los hombros de Leo, este se reincorporó y besó sus labios delicadamente.

-¿Ves este frasco?-Interrogó sacando el pequeño recipiente de una pequeña bolsa donde lo guardaba.

-Sí.-Asintió con lágrimas en su rostro.

-Me hará humano, podré vivir como tal y sonreír a la vida.-Susurró tomando a Arnau de la cintura.

-También a la muerte.-Comentó sintiendo la frialdad de la piel de su pareja, esa piel que se convertiría en una tan cálida como la suya.

Abrió el recipiente y bebió la poción ilusionado con tener una vida plena, con poder vivir bajo el sol todas las horas que él deseara y sentir el sexo con mayor placer que hasta entonces. Pero en ese preciso instante cayó fulminado en el suelo, había muerto y poco a poco se volvió polvo ante los ojos horrorizados de su pareja. Era demasiado anciano para lograr sobrevivir, para que quedara algo de él pero al fin fue libre de su pesada carga. El muchacho lloró amargas lágrimas postrado ante el pequeño montón de polvo que era su querido Leo. Cuentan que las recogió y enterró en un pequeño huerto que ambos cultivaban, tras esto se clavó un puñal para reunirse con él.

2 comentarios:

Pablo Salvador dijo...

muy bueno tu blog, excelentes imagenes me encanto, felicitaciones.

ana_marie dijo...

mientras más leo tus escritos, más me gustan....
en cuanto al rechazo, lo entiendo, lidio con él a diario, no por mi sexualidad sino por el hecho de ser diferente.
en serio disfruto mucho lo que escribes keep up the good work!

{Iwaki and Katou} <3 [Tócame]

LA HOMOSEXUALIDAD NO ES UNA ENFERMEDAD

Di NO a la Homofobia, la peor enfermedad